Bienvenidos al mundo de mi cuarta novela, La clave Muspelheim. Les dejo la intro y el primer capítulo para su evaluación. 

Margaretha

Mar Argentino, 2 de octubre de 1880.

Cuatro noches antes, el clima no era tan calmo: el mar no se dejaba acariciar, sino que empujaba con su furia al Margaretha hacia las costas de Ajó, en las afueras de Buenos Aires. El capitán Heinrich Ramien reconocerá algún día que perdió el rumbo en la tormenta, mentirá una avería en el timón y jurará por Dios que los mapas de navegación no estaban claros, pero no podrá confesar los pormenores del crimen que dio origen a la huida, porque tampoco hubiera podido justificar cómo estaba transportando, a contramano de la ley, lo que en realidad transportaba, y lo que es peor, a quién.

La clave Muspelheim

En este instante en que se dejaban llevar por la corriente, resignados a un presagio de muerte que parecía inevitable, el bote se balanceaba con serenidad sobre el oleaje moderado. El bulto que los seguía con obstinación, como remolcado por los misteriosos cordeles del espanto, mantenía la misma deriva siguiendo la huella.

De a ratos el bulto, que tuvo un nombre y un lugar entre los pasajeros, se daba vuelta, observándose la cabeza hinchada con los ojos desorbitados y un orificio en la frente.

Esto mantenía al capitán Ramien despierto y alerta, de a ratos contemplando el cielo estrellado y de a ratos la escalofriante perseverancia de esa bolsa de huesos y carnes podridas. Tanteó la llave que llevaba colgada de un cordón que le rodeaba el cuello por debajo de la ropa y suspiró: “esto tendrá que esperar un tiempo”, se dijo.

La luna llena ubicaba bordes de luz sobre el lomo arrugado del mar. Le pareció observar alguna aleta peligrosa dándose una vuelta, de tanto en tanto, alrededor de la pobre y escoriada embarcación que los transportaba en tan precarias condiciones, sin remos, a la deriva y con agua en los tobillos, emponchados hasta la nariz con unas frazadas que rescataron en la precipitada huida. Y luego, como en un ritual consagrado a la abundancia, darle un nuevo mordisco al manjar flotante del que se irán sirviendo inexorablemente.

Especuló que no pasaría mucho tiempo hasta que ellos mismos se convirtieran en comida para tiburones o muriesen coagulados de frío y no sintió nada nuevo, porque su tolerancia al terror se había desbordado en los sucesos que terminaron con el naufragio del Margaretha.

Su contramaestre dormía con la boca abierta y roncaba como un rinoceronte, ajeno al terror y a todo remordimiento. El otro pasajero, mal venido, Ballester, por no llevarse bien con el idioma alemán de sus compañeros de desgracia, prefirió dejarse estar en un letargo hipnótico del que era difícil deducir siquiera si estaba con vida. Parecía respirar. Ramien se tentó con tirarlo al agua para sentirse a salvo, pero el miedo no especula, sólo nos abre las puertas de la percepción.

El frío, el hambre y la sed, en su porfía, fueron degradando el físico de los tres hombres, de modo que esa silueta en el horizonte que parecía venir hacia ellos podría ser interpretada como un espejismo desesperado. Sin embargo, al rato estaban abrigados dentro de un camarote en una corbeta española que los recogió de milagro, Paquete de Valdegas, donde su capitán requería pormenores del naufragio.

El diálogo entre capitanes fue imposible. Alguien diría, sin pretender ser gracioso, que no existen desde la Torre de Babel hasta aquí dos lenguas más antagónicas que la germana y la española. Así que Ballester, un ignoto pasajero del Margaretha, emisario de extraños e inconfesables intereses, se encontró de pronto dándoles una versión lavada de lo ocurrido, evitando detalles escabrosos porque de esa forma podía permanecer en estado de inocencia.

— La tormenta era terrible —dijo Ballester—: entraba agua por todos lados. Ramien decidió acercarse a la costa para proteger la nave de los vientos cruzados y, de pronto, estábamos encallados y la bodega, inundada. La gente se bajó como pudo y se acercó a la orilla a pie.

— Pero si estaban tan cerca de la costa, ¿por qué Ramien y su contramaestre no se acercaron a la orilla como el resto de la gente? —preguntó el capitán del Paquete de Valdegas.

— Desconozco su lógica —mintió Ballester—: no sé qué se les pasó por la cabeza. Bajaron el bote y se fueron a barlovento, desafiando a las olas de cinco metros rumbo al peligro, sin provisiones ni documentos del barco.

— Ustedes están locos. ¿Y usted por qué prefirió irse con ellos en lugar de ponerse a salvo con los demás pasajeros?

— No sé por qué me pareció más seguro quedarme con ellos, quizá la esperanza de sobrevivir y volver a España más rápido que si quedaba a la buena de Dios en estas tierras llenas de indios y de gente salvaje.

— ¿Qué gente salvaje? En la costa hay civilización, gente de pueblo, no entiendo qué conjeturas sacaron.

Los devolvieron a Europa en un oportuno estado de suspicacia. La extraña arquitectura con la que construyeron el relato depositó en el olvido la verdad de los hechos. Sin embargo, las profundas consecuencias de aquel naufragio comenzarían a sentirse casi ciento cuarenta años después.

UNO

Para el escritor armenio George Gurdjieff, la gente no tiene idea hasta qué punto es arrastrada por el miedo mientras éste se vuelve casi una obsesión, y si bien él no especificaba en su misticismo sobre qué bases construía el fundamento, yo empecé a entender el objeto de esta filosofía a la vez que comprendía mi propia fragilidad.

La idea de Gurdjieff siempre estuvo dando vueltas en mis pensamientos de manera dispersa, intangible, hasta que leí con más o menos las mismas palabras esa definición en su libro “Relatos de Belcebú a su Nieto”. No fue una revelación mística, apenas definió con la semántica las torvas emociones que me generaban los hechos que yo estaba investigando y que en adelante voy a narrar.

El miedo era para mí un sentimiento distante, ocasional, más cercano al recelo o a la suspicacia que al terror o al espanto, pero el día que se elevó a la categoría de emoción, en que la angustia y la desconfianza se instalaron como obsesión en cada una de mis acciones, mi vida comenzó a cambiar en el sentido más peyorativo del término, es decir que entré en un descenso vertiginoso lleno de errores, de malas decisiones y de peligros inminentes que justificaron este estado de ánimo.

No hablo de un cambio que degrada sólo mi personalidad, sino toda mi biología. No podría decir que ahora soy un cobarde o, para ser más específico, un cagón. En definitiva, me enfrentaré a lo que tenga que suceder con lo que pueda sin rehusar la batalla, aunque no consiga evitar que esto afecte mi temple, la relación con mis seres queridos, con colegas, en fin, con el mundo que me rodea y, de manera particular, produzca estragos en mi sistemas nervioso y digestivo. Esta sensación de miedo creció a medida que prosperaban las cosas que tenía que perder, o el valor que yo les daba…

Yo llegué al lugar del hecho como lo hacía siempre: un llamado telefónico a tiempo, proveniente de personal bien aceitado de la Superintendencia de Seguridad Metropolitana. Ya explicaré lo de “bien aceitado” para que nadie se llame a confusión. Fui el primero en llegar, apenas pasadas las cinco de la tarde, con mi diminuta cámara digital multiuso que permite sacar fotos y filmar cuando se lo requiera, no por sus nimias y disimulables dimensiones sino a pesar de ellas.

Un departamento en Barrio Norte, en la calle Guido a metros de Callao. Tercer piso. En su rol de amo supremo estaba, dicho en lenguaje coloquial, el Perro Andrizzi, fiscal general, dialogando con Sicher, el Jefe de la Superintendencia de Investigaciones. Cuando les dijeron quién era yo, el Jefe de Policía frunció la nariz como si algo oliese mal. No lo conocía, salvo por comentarios, sabía que lo llamaban “el petiso”, que tenía un mal humor patológico y un carácter a medida de estas particularidades. La antipatía a primera vista fue mutua.

A Andrizzi, en cambio, ya lo tenía registrado: vive en un Olimpo inalcanzable. Era inverosímil que te permitiera ingresar a una escena antes de que estuviese terminada la tarea de la policía científica, de modo que tenía bajas expectativas. No sé qué le dijo a Sicher, pero éste movió la cabeza en sugestivo mohín de afirmación y se acercó al vano de la puerta en donde me tenían descansando. El fiscal desapareció dentro del departamento.

Pensé que la ausencia de identificación corporativa de un medio hegemónico de información influenciaba la buena voluntad de ambos de modo negativo, y ese prejuicio me acompañó para siempre. Por su lado, “el petiso” era un “pelado bigotudo” vestido con traje gris, corbata azul y un pin de la PFA[1] en la solapa. Sus manos carecían de rastros artesanales, eran modelos de extremidades articuladas con belleza dentro de un caro local de manicuría.

— ¿Así que usted es Néstor Gelman? —dijo con una inflexión que denotaba curiosidad y no reproche. Buena señal, pensé. Para mi sorpresa estiró la mano y, mientras yo se la estrechaba y él me la estrangulaba, se presentó con corrección—: Esteban Sicher, comisario.

Una psicóloga de la familia, opina que quienes anteponen el cargo a su nombre están más orgullosos del trabajo que de su persona. Me llamó la atención que en este caso mi interlocutor no respondiera a este automatismo, sino al contrario, y respeto eso. Claro que esta cualidad como envase de un personaje con complejo de superioridad se transforma en materia psiquiátrica y peligrosa.

— Soy Gelman, con ge, no como el nombre de la mayonesa —dije tratando de aflojar la tensión de su formalidad, viejo recurso con el que tuve que cargar toda mi vida y cuyo resultado ya no resulta gracioso.

— ¿Cómo se enteró de… esto? —puso a los puntos suspensivos un gesto con sus manos que abarcaba con desdén todo el departamento.

Su voz nasal partía de oquedades engañosas donde las cuerdas vocales no son determinantes. Las palabras vibraban cancelando otros sonidos menores, y quizá por este motivo sus hombres guardaban un silencio llamativo a su alrededor, acaso para no padecer la amenazante verticalidad de sus expresiones.

No me enteré, vi los patrulleros de la Superintendencia en la puerta y pasé.

— ¡Me va a hacer creer que justo pasaba por acá, de casualidad!

— ¿Es tan importante que yo haya llegado primero?

— Claro que es importante, pero a algunos periodistas nuestras reglas internas y fidelidades los tienen sin cuidado. Y usted es un pícaro al que voy a tener vigilado todo el tiempo. Si pesco a alguno de los míos haciéndole de confidente, le pateo las bolas.

—Yo sólo hago mi trabajo, comisario.

—Y yo he visto varios de sus videos en Internet, algunos causan gracia —dijo y luego se tomó un tenso respiro.

Por supuesto que ignoré la descalificación, porque si escalaba en la reyerta, el que perdía era yo.

— ¿Qué tenemos?

— Comparando con el tipo de investigaciones que usted hace, no tenemos nada. Aquí no hay fantasmas, extraterrestres, asesinos seriales, cuestiones parapsicológicas ni apariciones místicas identificables a primera vista.

— Sicher, si lo que hay acá no es un asunto de los que yo suelo desarrollar en mi web, que no interesa a mis suscriptores y a mis auspiciantes, doy media vuelta y levanto vuelo como un águila guerrera.

Con ademán indulgente, el comisario señaló el camino sin poner ninguna condición, aunque se quedó a mi lado todo el tiempo. Una mujer de unos cuarenta y cinco con cabello rubio y palidez natural con reminiscencias de reliquia rusa lloraba junto a una ventana mientras una agente le permitía el desahogo sobre su hombro con sincera compasión. En un momento se permitió un abrazo discreto acompañando el dolor, y cuando observó al “gran jefe” acercarse a la zona, sólo atinó a poner cara de disculpas, como si estuviera rompiendo algún reglamento interno. Sicher lo dejó pasar algo molesto, pero sin pronunciarse.

El policía científico, envuelto en traje de seguridad desechable blanco, contempló al comisario mientras terminaba de guardar los elementos en un maletín. Lo miró con indiferencia e, ilustrando a quien ejerce el diagnóstico como un trámite, le arrojó: “Fondo ciego”. Estiró los guantes de látex y se dirigió a otro lugar de la casa. El Perro Andrizzi se acercó a nosotros y dijo: no toque nada, por favor. Con un ademán me comprometí a cumplir su pedido de manera responsable.

— Raymond Scharman —dijo Sicher—, edad 45, empresario cultural, según su esposa Helga Kummer. Viven en Stuttgart y visitan Buenos Aires bastante seguido. Este departamento de alquiler pasa gran parte del año vacío.

Alrededor de la cama había personal de policía forense y un fotógrafo con un brazalete que tenía el escudo de la PFA. Yo ya vi este ritual antes, pensé, y no me refiero al ritual científico, sino al objeto de la investigación. Sobre su lecho había un hombre completamente desnudo con agujero en la frente, las extremidades abiertas, las muñecas atadas a la cabecera y los tobillos al pie de la cama, con una larga soga de algodón trenzado que pasaba en equis por debajo de la cama. Es un crimen a medida de mi canal, no entiendo cómo el comisario no se dio cuenta.  O se está haciendo el boludo. No pude evitar preguntarme cómo es que me permitieron pasar.

— ¿Qué quiere decir “empresario cultural”?

— No sé, sospecho que deben vender obras de arte. No pudimos profundizar, todavía.

— Alrededor del agujero en la frente hay un bajorrelieve, parece un grabado.

— Sí, pero como usted llegó antes de que los forenses terminaran su trabajo, no hay por el momento mucha más información para darle.

El círculo alrededor de la herida era limpio, prolijo, con unos signos extraños, como si hubiesen oprimido un medallón sobre la piel dejando un sello profundo en bajorrelieve. El hoyo estaba rebasado de sangre con una leve costra todavía húmeda en la superficie, y la frente tenía varios escabrosos caminos bermellones que bajaban por las mejillas y por las sienes.

— ¿Me deja sacar una foto? Sólo a la herida —dije mientras extraía mi camarita del bolsillo y oprimía con disimulo el botón obturador antes de recibir autorización. Como está siempre lista en función “filmar”, me permitió realizar un furtivo paneo en toda la habitación de la que luego extraería una buena cantidad de fotogramas. Si no, ¿cómo creen que consigo por lo general las mejores fotos exclusivas para mi sitio?

— Vilches —convocó el comisario dirigiéndose al fotógrafo y perdiendo de vista mi mano armada, que estaba filmando escondida en la palma—, por favor, saque una foto al agujero en la frente del occiso y envíele una copia a la dirección de email que nuestro amigo Néstor Gelman le va a dejar. Sólo esa foto, ¿soy claro?

— Cenital en primer plano, por favor —agregué.

El fotógrafo hizo un gesto afirmativo con la cabeza, realizó la toma que le pidieron y luego siguió, inmerso en su tarea.

— Comisario, estamos frente a un crimen ritual, no creo que sea el primero, yo ya he visto esto en algún lado. Voy a buscar en mis archivos.

— ¿Le parece? Por ahora es sólo un crimen dibujado con ciertas características que bien pueden parecer lo que parecen, para despistarnos.

— En mi experiencia, la soga es ajena a este departamento, vino con el asesino. El grabado alrededor de la herida es algo sugestivo, puede formar parte del arma con la que Scharman fue ultimado.

— ¿Cómo concluyó que no se trata de un arma de fuego y que el grabado en la frente no es posterior a la muerte?

— Cuando el científico le dijo “fondo ciego”, quiso decir que no había orificio de salida —Sicher se sorprendió de mi conocimiento de medicina legal—. A simple vista, el agujero tiene un centímetro de diámetro. ¿Qué calibre podría ser? ¿Nueve milímetros? ¿Una cuarenta y cinco? Mi intuición me dice que no es por arma de fuego, porque hace más daño que esta perforación tan prolija.  ¿Desde dónde le dispararon para que no haya salida? Respecto del bajo relieve, está cubierto con sangre. Si fuese posterior, habría manchas de splash, pequeñas salpicaduras, restos producidos al retirar el objeto de la herida. ¿Usted qué opina?

No pude establecer si en ese momento me erigía como un hombre digno de su respeto o de su sospecha. Lo cierto es que Sicher reacomodó su confianza y ratificó sus prejuicios.

— No me apresuro a sacar conclusiones, acepto que quizá se usó un elemento contundente con punta, talvez un picahielos con una empuñadura que transfirió su grabado a la frente. Me pregunto cuántas personas se necesitan para perpetrar este crimen. Si fue sólo un asesino, podría suceder que primero lo mataran y luego lo ataran: no es fácil pasar la soga como fue pasada por debajo de la cama, ligar las cuatro extremidades de manera continua si el occiso se está moviendo, es simple instinto de preservación.

— Podría estar drogado.

— Podría, sólo le estoy dando mi análisis preliminar sin ninguna conclusión. Los forenses contestarán a todas estas preguntas.

— ¿Se sabe a qué hora murió?

— Por el momento, tenemos una ventana horaria declarada por la viuda, entre esta mañana a las nueve y las trece, en que ella se fue a pasear sola al shopping. Su marido se quedó porque esperaba una llamada telefónica.

— ¿Llamada de quién?

— Ella no lo sabe, su marido no lo mencionó, sólo sabe que se trataba de negocios.

Por instinto dirigí la mirada a Helga, recortada dentro del dintel, que seguía contenida por la agente femenina en un rincón, en el ambiente posterior al dormitorio. Por alguna extraña razón, ella tenía sus ojos fijos en mí. Sentí un escalofrío, una sensación de que la esposa de la víctima no destilaba pena, sino resignación. Es raro de describir, es probable que mi instinto, acostumbrado a identificar mentirosos que dicen haber visto ovnis o testigos improbables de sucesos extraños, buscando ser más valiosos que la propia información, curtieron con el paso del tiempo algunos de los músculos que dominan mi escepticismo. Sus pestañas cayeron con lentitud y a mí me pareció que me estaba enviando un mensaje furtivo, que di por captado con un movimiento casual de cabeza.

Sicher interceptó la seña y me susurró:

— Ni se le ocurra acercarse, no es una testigo, es una sospechosa. Y cualquier cosa que vaya a publicar en su blog, es a partir de mañana, ¿estamos?

— No tengo nada, comisario, déjeme llevarme algo. Si no, esta nota no la va a leer nadie.

El comisario captó que, por su lado, todo el esfuerzo para permitirme entrar y hacer la nota, y por el mío, haber llegado hasta aquí sin una punta de escaso interés, ameritaba una comprensión profesional y un obsequio diferenciador.

— Venga, le dejo este dato y se va de aquí ya mismo.

Asentí con la cabeza y seguí los pasos del comisario, que dio la vuelta a la cama mientras se calzaba un guante de látex para ponerse al lado del occiso. Con el dedo meñique enfundado me señaló una pequeña marca de fricción en el cuello. Yo acerqué mis ojos y observé con claridad lo que el comisario me señalaba.

— Alrededor del cuello del muerto hubo una cadenita o un cordón, hay que determinar qué era. El tipo de rasguño es de fricción, un tironeo. El asesino o asesina se lo llevó. Lo grave es que la esposa desconoce que tuviera una cadena, medallón, joya o alguna cosa que ella sepa, colgada del cuello.

— ¿Y usted cree que ella dice la verdad?

— Todavía no lo sé, me parece raro que su mujer no sepa qué cosas le cuelgan a su marido.

Desestimando el comentario descomedido de Sicher, abandoné el departamento con la certeza de que Helga me seguía con la mirada. Era una percepción inexplicable, improbable. A menudo pienso que la intuición es una capacidad mágica de índole irracional, ya que sucede sin razón o a pesar de ella. Puedo asegurar que oía algo parecido a su voz repiqueteando en mi interior. Me permití imaginar que ella me decía: “tenemos que hablar, tenemos que hablar”.

De modo que, apoyado en esta inferencia, me dispuse a rellenar los huecos carentes de toda información para repasar viejas experiencias, patrones, secuencias que encendieran mi inspiración y convertir esta nota en algo honesto y trascendente. Para qué mentirse, si no consigo una nota que haga explotar mi blog, voy camino a la miseria. Este caso tiene condimentos exóticos: un asesinato ritual, con un arma indefinible, un orificio con una marca en bajorrelieve y el robo de un elemento negado o desconocido por la esposa del occiso. Un alemán definido como “empresario cultural”, su mujer que pareciera querer hablar conmigo, pero no delante de la policía.

La sección policial de los diarios y canales hegemónicos se ocupará mañana de los aspectos legales, buscará culpables y lo tendrá dos o tres días de comidilla antes de taparla con otra información. Aquí es donde yo me tengo que hacer fuerte: por suerte, los diarios y portales más importantes instalarán y distribuirán la noticia y atrás iré yo para poner luz en el caso. Yo ya sé que esto es más que una nota de la sección “policiales” y tengo que abordarla de plano como un hit editorial. Esto es lo que pensé por necesidad, y la punta del iceberg estaba en mi computadora. Yo ya había visto un ritual como éste no hace tanto, estaba convencido.

Lo primero que hice fue buscar notas históricas en mi blog filtrando con todos mis tics, “crímenes extraños”, “crímenes rituales”, “ritos satánicos”, “muertes satánicas”, pero nada. También tildé mis hojas de cálculo con los accesos directos a YouTube con la expectativa de encontrar un link a un documento que pudiera haber guardado sólo por interés profesional. No sería la primera vez que regurgito alguna versión que anda por allí para darle algo qué leer a mis suscriptores cuando no hay notas ni inspiración. Está claro que empecé con el pie izquierdo. Demasiado tarde para pensar en una fórmula que me reavive la memoria.

De pronto se escucha la eufonía diminuta de una llave, armonizando con la pulsación psicótica de mi dedo sobre el botón izquierdo del mouse. Miro el reloj: las ocho de la noche. Olvidé que me visita Laurita, mi hija. En ese instante reflexiono sobre lo descuidado que soy en general: no compré nada para cocinar, no pasé la escoba ni saqué los restos de la cena de ayer.

Laura entra a mi escritorio y me da un beso en la frente. No dice nada porque lo imagina. Con la paciencia de siempre, se abstiene de realizar calificación alguna y se detiene en lo que ve sobre la pantalla de mi computadora.

— ¿Qué estás haciendo en una hoja de Excel?, ¿tu contabilidad?

— Acepto la ironía, hija —me rio con una falsa carcajada—, los impuestos y yo seguimos transitando por caminos opuestos, un poco porque mi economía no necesita contador para tan poco; y mi moralidad fiscal es como un músculo que ha perdido tonicidad…

Ella me da con la palma sobre el hombro cariñosamente:

— ¿En qué andás, papá?

— Hoy estuve en una escena de crimen muy interesante. Ritual. ¿Querés ver lo que traje?

— A ver —dice con inocultable resignación.

Fui hasta el perchero para sacar la mini cámara del bolsillo de mi saco y con el mismo envión volví para conectarla en el puerto USB. El programa automático descargó el material y en pocos segundos tenía la película en el reproductor. Laura y yo sentimos un escalofrío simultáneo y nos miramos, sacudiendo el estremecimiento. Ella observa la filmación con su habitual escepticismo, sosteniendo los trémulos residuos del sacudón final:

— Es religioso —dijo.

— ¿El crimen?

— El ritual. Pertenece a un contexto histórico distinto que el actual, me da a “antiguo”. A simple vista hay una crisis de lo sagrado con lo profano, el muerto está en cruz, pero no hay rituales cristianos, que yo conozca, donde se entrega a un individuo a la muerte como homenaje a Cristo. Hay un culto detrás. Como dice Ernst Heinrich Weber, todo dios requiere un culto, luego todo culto termina siendo religioso.

— ¿Pero a vos te parece que esto es derivado de alguna ceremonia cristiana?

— No lo sé. Yo soy psicóloga, no teóloga, te describo lo que veo desde mi perspectiva. Se conoce muy poco sobre la motivación psicológica para llevar a cabo la realización de este tipo de rituales. Para mí, este señor fue asesinado por alguien que pertenece a un culto y los brazos en cruz me hacen pensar en una crisis entre lo sagrado y lo profano.

— Qué inspirador, gracias.

— Descolgaste la ropa que dejé en la terraza el otro día, ¿no?

Atrapado en la vergüenza del olvido y la desidia, decidí no mentirle, porque ya sabemos ambos cómo soy, y la mentira no le agregaría ni una coma a mi prontuario:

— Claro que no.

— Qué descuidado que sos, dame un rato que subo a buscarla.

— Vamos, te acompaño. Tengo miedo que te rapte algún monstruo nocturno.

Subimos por la escalera. Una vez en la azotea, apreté la tecla para iluminar el espacio, un pobre farol cuya luz tenue apenas nos permite vernos la cara. La noche estrellada dibujaba en recortes oscuros las siluetas duras de los edificios de los alrededores. Laura empezó a descolgar la ropa poniendo los broches en una bolsita de nylon.

— La ropa está reseca y cubierta de hollín, hay que volver a lavarla.

— Es mi memoria selectiva la que tiene dificultades, hija.

Justo cuando iba a lanzarme una seguidilla de palabras que, lejos de enaltecer mi ego, lo descenderían a los acostumbrados conceptos evaluatorios de mi vida en soledad, de repente hubo un movimiento en la terraza del edificio de al lado que está a la misma altura de la mía y que tiene salida sobre la calle lateral: eran las sombras furtivas de dos personas que se apartaban con disimulo de la pared, acomodándose la ropa.

— Esos dos sí que la están pasando bien —dije justo a tiempo para frenar la expresión más baja de su enfado.

— ¿Estaban garchando en la terraza vecina?

— Así parece, fuimos inoportunos.

La mujer abrió la puerta que comunicaba con la escalera de su edificio y desapareció como velocista, pero el hombre vino hasta nosotros, saltó la tapia y se metió en la terraza del edificio en el que yo vivo. Lo reconocí de inmediato, era Tincho, el hijo adolescente de la portera. Su rostro, en verdad, no expresaba vergüenza, sino orgullo.

— ¿Cómo le va, señor Gelman? —me dijo—. Disculpe, es la única forma que tenemos de vernos con Mariana: el marido la tiene muy vigilada.

Laura sigue atónita en su labor, como si no pudiera salir de su asombro. Me pasa la ropa con un empujón para que la sostenga e intenta decirme que despache al degenerado que estaba haciendo cornudo a un pobre hombre del edificio de al lado. O algo así.

— Ah, un romance, como Romeo y Julieta, pero en la azotea en lugar del balcón.

— Cada uno se las arregla como puede, Néstor —y susurra poniendo la mano como sordina—. Hasta trabamos la cerradura para que quede siempre abierta, porque cuando no está el marido a veces me llego hasta el departamento. Me manda un Whatsapp y, como un boy scout, estoy siempre listo.

— ¡Qué pícaros!

— No le diga nada a mi vieja, por favor, que se me pudre el estofado.

Tincho se apuró a desaparecer mientras nosotros emprendimos el regreso al departamento, yo cargado con un boyo gigantesco de ropa para volver a lavar y Laura con la bolsita de los broches, indignada.

— No sé de qué te reís, papá. No podés convalidar a un pospuberto que atiende a una mujer casada.

— A mí qué me importa lo que hace cada quien con su vida sexual. Me cae simpático y además dijo algo que es incuestionable.

— A ver, ¿qué es incuestionable en esto?

— Que cada uno se las arregla como puede.

Antes de ingresar al departamento, Laura me consultó:

¿Compraste algo para cenar?

— En el aparador hay un paquete de fideos.

— Veo que tu esfuerzo gastronómico está basado con burda intimidad en los restos de mis compras de la semana pasada.

Ella se dirige hacia la cocina mientras yo llevo la ropa al lavadero, dejándole un comentario para el olvido:

— Para sorprenderte, encontré en el cajón un sobre de saborizador de finas hierbas. Un toque de manteca y tenemos un manjar “esprit gastronomique”.

De repente escuché el grito de Laura seguido por el estruendo de un plato estrellándose en el piso de la cocina. Salí disparado y la encontré conteniendo el insulto con la mano izquierda sobre la mesada y la derecha en la frente